La economía es casi tan antigua como el ser humano. Entre el nacimiento del trueque y la explosión del comercio online han pasado miles de años. Y por el camino se han producido infinidad de historias que queremos contar en elEconomista porque nos ayudan a comprender cómo hemos llegado hasta aquí.
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La segunda vida de Motorola: de inventar los móviles a renacer con los walkie talkie
Volver al origen, de eso se trata la actual historia de Motorola. En un intento de reconversión y supervivencia, la empresa estadounidense que creó exitosamente los teléfonos móviles en 1973, y ha vivido en carne propia la debacle de su propio invento, retoma sus andanzas en la industria de las telecomunicaciones de la mano un viejo negocio vinculado con los walkie talkie. Los walkie talkie se asocian al rescate. Pues eso mismo están haciendo con su padre y creador, un rescate. Y es que, hace quince años, alrededor del 75% de los ingresos de esta marca norteamericana creada por los hermanos Paul y Joseph Galvin, provenían de teléfonos móviles que ellos mismos crearon (que actualmente llevan por nombre 'Moto by Lenovo'); Ahora, alrededor del 75% de las ventas se están generando por unos viejos conocidos que triunfan en las oficinas y departamentos de emergencias en todo el mundo y que fueron creados en 1940. Motorola alguna vez dominó la telefonía móvil, pero en los últimos años se ha convertido en un gran jugador en la seguridad pública, una de las áreas más candentes en tecnología. Pese a que la actual crisis económica, que ha afectado directamente a las compañías tecnológicas, las ventas y las ganancias por acción de Motorola aumentaron en porcentajes de dos dígitos en 2022, mientras que el flujo de efectivo de las operaciones aumentó un 40% y la compañía subió al número 418 en Fortune 500. Nada de este triunfo provino de los teléfonos móviles. El producto revolucionario que Motorola inventó en 1973 comenzó a ver su fin en 2008, cuando se deshizo de su unidad telefónica móvil. De esta forma, lo que quedó vivo fue el negocio de radios policiales de la compañía, un producto de venta constante, pero poco atractivo que muchos pensaron que pronto también sería reemplazado por los smartphones. El punto de apoyo de la compañía en ese mercado, junto con casi tres docenas de adquisiciones en los últimos años, ha ayudado a hacer de Motorola el gorila de 300 kilos en un negocio que, desafortunadamente, está en auge por los tiroteos masivos a nivel mundial, el aumento de las tasas de criminalidad y la preocupación pública por la fuerza policial. La gran creación de los hermanos Galvin fue el modelo Handie Talkie AM (SCR-300). Hablamos del primer receptor/transmisor en ser apodado “walkie talkie”. Fue creado por el equipo de ingeniería de la empresa de manufactura Galvin (precursora de Motorola) en el año 1940, con fines miliares para Estados Unidos, durante la Segunda Guerra Mundial.
Chupa Chups, los caramelos con palo que conquistaron el mundo
El éxito empresarial se puede alcanzar a través de numerosos caminos. Y no siempre es necesario el proceso más elaborado o el proyecto más complejo para llegar. Basta la idea más sencilla, pero bien ejecutada, para triunfar. Los ejemplos son infinitos, pero pocos casos más paradigmáticos podemos encontrar que el de Chupa Chups. Considerada por muchos como la primera multinacional de origen español, su revolucionaria idea no fue, ni más ni menos, que ponerle un palo a un caramelo. Tan sencillo, tan genial. Un caso de éxito que nació en una pequeña fábrica de Asturias, con una historia repleta de buenas decisiones, pero que también está salpicada de anécdotas que rozan la leyenda. Todo sale de la cabeza de Enric Bernat, un visionario, que desde niño había estado vinculado al mundo del dulce. Su abuelo, Josep, fue el primero en fabricar caramelos en España, tras comprar en 1845 la primera licencia para fabricar dulces. O eso contaba. Su padre continuó con el negocio familiar, y desde los 9 años el pequeño Enric estaba metido en la fábrica: limpiaba, envolvía caramelos o hacía lo que fuera necesario.Este capítulo cuenta con el patrocinio de AXA.ES. Descubre todo lo que AXA puede hacer por ti entrando en AXA.ES.
Historia de Marie Claire, la centenaria empresa de medias al borde del cierre
Tras una trayectoria legendaria, que se extendió durante más de un siglo, la icónica empresa textil Marie Claire se encuentra al borde de la desaparición. La compañía de Villafranca del Cid, en Castellón, ha comunicado su intención de cerrar su planta y de solicitar el concurso de acreedores, para proceder a la extinción de la compañía.La agonía del histórico fabricante de medias se ha prolongado desde hace años y, de hecho, era uno de los pocos productores del sector de la confección que había conseguido mantener su producción en la Comunidad Valenciana tras el final de los aranceles a los productos de países donde la mano de obra y los costes de producción eran mucho más baratos.La pandemia, en la que el fabricante se intentó reconvertir como fabricante de mascarillas y batas sanitarias, fue sólo el último golpe a la pérdida del que había sido su principal contrato para un gran distribuidor europeo y los daños ocasionados en su planta de Villafranca tras desplomarse parte del tejado por un temporal de nieve.La vuelta de tuerca iniciado durante la pandemia es solo el último episodio de la larga historia de supervivencia de la compañía. La empresa nació en el año 1907, para producir medias de seda aprovechando la tradición textil de Vilafranca del Cid, en el interior de Castellón muy cerca del límite provincial con Teruel, con unos 2.200 habitantes.Marie Claire no se entendería sin la voluntad de Francisca Íñigo, fundadora de la compañía. Era la mujer de Celestino Aznar, un comerciante de mulas y yeguas, que recorría el país, dejándola sola en casa. Francisca, con mucho tiempo libre, aprovecha para coser. El hobbie se convierte en negocio, y con la referencia de su hermana, que tenía una factoría de mantas, lanza su propia empresa de fabricación y comercialización de medias. Estaba situada en la propia Villafranca del Cid, pero en realidad las vendía por toda España, aprovechando los viajes que hacía su marido.
Historia de la declaración de la renta
Hacer referencia al IRPF, o al Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, es hacer referencia a uno de los tributos más importantes y más conocidos de España. No obstante, más de 20 millones de personas presentan su declaración de la renta cada año en nuestro país.Este impuesto, tal y como lo conocemos ahora, es relativamente reciente, ya que fue aprobado en 1978. Pero sus raíces, en España, están mucho más atrás. En concreto, hay que retroceder hasta mediados del siglo XIX. Es una época convulsa, repleta de cambios, que se puede apreciar en fenómenos como el de la industrialización, la revolución burguesa o un incipiente sufragio universal, que daba sus primeros pasos.A esta metamorfosis social no iba a ser ajena la economía. Había políticos en el Antiguo Régimen que ya estaban presionando para unificar la infinidad de impuestos de todo tipo que había en España. Y es en 1845, con la aprobación de la Constitución de la monarquía española, cuando se introduce el primer sistema tributario general. Esta reforma fiscal estaba impulsada por el ministro de Hacienda de la época, el asturiano Alejandro Mon, junto con otras figuras como Juan José García Carrasco, su predecesor en el cargo, o el militar Ramón de Santillán, que acabaría convertido en el primer gobernador del Banco de España.La simplificación y modernización que llevó a cabo del sistema tributario, que puso a España en la vanguardia entre los países de su entorno, y cuya sombra perdura hasta nuestros días, destacaba por la simplificación del abanico de impuestos existentes, y por extenderlos a toda la población.Tributos clásicos, algunos tan populares como los diezmos o las alcabalas, pasaron a mejor vida. Otros, igual de pintorescos, como los impuestos a la sal, a las minas o a los títulos, aún perduraron. El objetivo de Mon y sus colaboradores era eliminar las barreras al crecimiento económico.Con estas bases asentadas, se profundizo en la idea de extender los impuestos a toda la población. Por ejemplo, en 1870 se impulsa el impuesto de cédulas personales, y poco después el repartimiento municipal.Ya en el siglo XX, y siguiendo la misma línea, José Calvo Sotelo, con el apoyo de Ramón Gómez de la Serna, sienta las bases de la Ley de Reforma Tributaria, allá por 1926. Sin embargo, la dictadura de Primo de Rivera no logra ponerla en marcha.Sin embargo, sirve de referencia para que, ya en la II República, se aprueba el que podría considerarse como el primer impuesto sobre la renta. Se trata de la Ley Carner, nombre que hace referencia al ministro de Hacienda de la época, y que se conoció como la 'contribución general de la renta', que entró en vigor en 1933. Solo tenían que presentarla unas 5.000 personas, ya que tenía un mínimo exento de 100.000 pesetas anuales, que era una cifra más que importante para la época. Y, aun así, solo lo hicieron 3.000. Por si fuera poco, su periodo de vigencia tampoco fue excesivo, ya que tras la Guerra Civil desapareció. Pero fue un precedente para lo que vendría después.Hay que saltar a 1977, ya tras la dictadura, y en el marco de los Pactos de la Moncloa, para sentar las bases del sistema tributario moderno, en vigencia hasta nuestros días. Estaba impulsado por Francisco Fernández Ordóñez, ministro de Hacienda de Adolfo Suárez, que no estaba nada satisfecho con el impuesto general sobre las personas físicas existente, ya que consideraba que ni era un impuesto, ni era general, ni era sobre la renta.Así, en 1978, y con un amplio consenso político, nace el IRPF moderno. Contaba con 28 tramos, lo que lo hacía mucho más complejo que en la actualidad, cuando solo tenemos 6, y el gravamen llegaba a alcanzar el 65,5%. En este caso, era obligatorio presentarlo para las personas que cobrasen más de 300.000 pesetas, una cifra ya más asumible, que obligó a desplegar importantes campañas para crear una cultura de la contribución. Incluyendo el famoso eslogan 'Hacienda somos todos'.En estos casi 45 años el impuesto no ha dejado de innovar y desarrollarse, en todos los sentidos. Con novedades que incluyen desde la cesión de una parte del impuesto a las Comunidades Autónomas, la reducción de tramos que comentamos anteriormente... Mientras que otros detalles están más relacionados con la usabilidad y la digitalización, que gracias al desarrollo de internet permite que ahora la declaración se pueda entregar online, lo que permite facilitar y simplificar el proceso.¿Para todos? Pues debería ser así, pero hay un colectivo, el de los trabajadores autónomos, para los que la cita anual con Hacienda se convierte en un pequeño reto. Es un trámite que, por las particularidades de su actividad y de la relación con la Administración, deben llevar a cabo con especial cuidado. De hecho, si no presta la suficiente atención al proceso puede perder la oportunidad de ahorrar, gracias a las deducciones de las que puede beneficiarse.Entre los gastos más habituales que pueden deducirse, encontramos las propias cuotas que pagan a la Seguridad Social, las nóminas de los trabajadores, la factura de teléfono, la asesoría, herramientas digitales contratadas, marketing y publicidad, material de oficina, formación, desplazamientos...Pero hay un concepto más que pueden deducirse, y que no siempre tienen en cuenta: los seguros, que en muchos casos pueden desgravarse, como recuerdan desde AXA.ES. Es posible deducir las primas devengadas o satisfechas por contratos de seguros de bienes, derechos, y productos necesarios para el desarrollo de la actividad profesional, y también determinados seguros vinculados al propio autónomo.Por ejemplo, en el caso del seguro de responsabilidad civil general, o profesional, permite desgravar la cantidad total de lo pagado en primas, aunque como advierten desde AXA.ES, es necesario que las coberturas contratadas estén centradas en proteger al autónomo frente a las eventualidades relacionadas con su actividad económica.Otro seguro a tener en cuenta, aunque en este caso no está directamente relacionado con la actividad económica del autónomo, es el seguro médico. El seguro de enfermedad es deducible, aunque solo en la parte correspondiente a la cobertura de enfermedad o asistencia sanitaria. Pero en este caso establece un límite de 500 euros anuales sobre el total de primas pagadas por el autónomo y por cada familiar con cobertura.También se puede desgravar el seguro del vehículo, pero siempre que tenga relación con la actividad: Transporte de mercancías, de viajeros, formación de conductores, desplazamientos profesionales... Pero, de nuevo, advierten desde AXA.ES, que, en el caso de las motos o los turismos, hay que demostrar que se utilizan, únicamente, para el trabajo. Si se produce un uso personal, aunque sea mínimo, Hacienda no permite la desgravación.Por último, otro tipo de seguro habitual que puede llegar a declararse es el del hogar, aunque en este caso es necesario que el autónomo trabaje en casa, y que la proporción que trate de desgravar coincida con la destinada en la vivienda a la actividad.Se trata, en definitiva, de un recordatorio de que, si los autónomos no declaran bien todos los gastos de su actividad, el beneficio neto será más elevado, y por lo tanto terminarán pagando más en el resultado final. Es necesario hacer la declaración de forma correcta y planificada.Este capítulo cuenta con el patrocinio de AXA.ES. La edición sonora y la selección musical han corrido a cargo de Remo Vicario. Mientras que el guion y la locución son mías, y soy Javi Calvo
Orígenes y trifulcas tras la jornada laboral de 8 horas
Mucho se debate en los últimos tiempos sobre si la jornada laboral de 40 horas semanales repartidas en cinco días se adecúa al estilo de vida de la sociedad actual. Lo que no deja lugar dudas es el tiempo que lleva implantada en nuestro país: más de 100 años. Los inicios de esta rutina laboral están en la que muchos definen como la huelga más exitosa hasta la fecha en la mejora de los derechos de los trabajadores. El título no es para menos: de ella salió la primera ley de Europa en fijar el máximo legal de horas de trabajo diarias en ocho, aunque para ser justos con la historia, varios siglos atrás, y también en España, ya se había realizado el primer acercamiento a la reducción de jornada mediante un decreto firmado por el mismísimo Felipe II.En febrero de 1919 tuvo lugar una huelga en Barcelona que paralizó la ciudad y la industria catalana durante 44 días y que cambió la historia del país. Se inició en la 'Barcelona Traction, Light and Power Company, Limited', una eléctrica de origen anglo-canadiense que en España operaba a través de la sociedad Riegos y Fuerzas del Ebro. El nombre tan engorroso quedó reducido a 'La Canadiense', como se la conocía comúnmente en las calles.Al frente del movimiento estaba la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), sindicato en auge en aquellos años que dirigió no solo los paros sino también las repetidas acciones de insumisión civil que ayudarían a sentar las bases de la jornada laboral hoy vigente. Pero vayamos por partes: ¿a qué se debió la huelga? El germen está en la bajada de sueldo que afectó a parte del personal de oficina de la compañía después de que se les pasara de temporales a fijos. La buena nueva del cambio de contrato quedó empañada por la rebaja salarial comunicada el 2 de febrero. Ocho de los afectados, que eran miembros de la CNT, iniciaron la protesta y fueron despedidos por la empresa, lo que terminó de caldear el ambiente al ver también coartada su libertad de sindicación. El 5 de febrero, los trabajadores del departamento de facturación se sumaron al paro para exigir la readmisión de los despedidos y elevaron la queja hasta hacerla llegar incluso al alcalde, Antonio Martínez Domingo. También fueron despedidos, y el guion se repitió; trabajadores de más secciones se unieron al movimiento y llegó un punto de no retorno. Para el 8 de febrero ya casi la totalidad de la plantilla estaba en huelga e incluso el paro se extendió a otras empresas, como Energía Eléctrica de Cataluña.Los trabajadores de La Canadiense conocían su poder y lo utilizaron. De la compañía dependía el suministro eléctrico de otras muchas industrias, que se vieron forzadas a parar la producción. Con la sartén por el mango, los huelguistas expusieron a la empresa varias condiciones para reanudar la actividad, entre ellas, la readmisión de los despedidos o una subida salarial... y todo sin represalias. La respuesta de la empresa llegó dos días después a través de un comunicado en el que sólo denunciaba el oportunismo político de los sindicatos.La situación se recrudeció en pocos días, aunque el 12 de febrero se documentó uno de los capítulos más terribles de la protesta: el asesinato de un cobrador que se negó a secundar el paro. El suceso, sin embargo, no significó el fin de la huelga. Los trabajadores de todos los ámbitos empezaron a ver margen para conseguir una mejora de las condiciones y el día 17 se sumaron las empresas del textil. Para el 21 la huelga ya afectaba a todo el sector eléctrico y el 27 se había extendido también a las compañías de agua y gas. La industria catalana casi en su totalidad estaba paralizada y, por tanto, lo estaba la ciudad.Los intentos del Gobierno del momento que dirigía Álvaro Figueroa y Torres (Conde de Romanones) y de la Alcaldía por restablecer los servicios no llegaron a buen puerto. Las exigencias de los obreros se apilaban, como lo hacían las amenazas desde los despachos: quienes no volvieran a trabajar el 6 de marzo serían despedidos. De nuevo, la amenaza tuvo el efecto contrario. El 7 de marzo se unió el sector ferroviario y el 12 el paro ya era general pese a que las miles de detenciones que se acumulaban para entonces. Se dice que el castillo de Montjuic llegó a contar con casi 3.000 presos.El 13 de marzo el Gobierno accedió a la negociación, todo esto bajo un estado de guerra decretado y la censura de prensa vigente. Entre los días 15 y el 16 de marzo se cerró un acuerdo por el que se ponía fin al conflicto, se restablecía la libertad para los presos sociales, se readmitía en sus puestos de trabajo a todos los huelguistas (con mejora salarial incluida y el pago la mitad del mes que duró la huelga) y se estableció la jornada laboral máxima diaria de ocho horas. Fue aceptado el 19 de marzo y la huelga de La Canadiense se dio por exitosa.Sin embargo, la revuelta social no acabaría ahí. El incumplimiento por parte del Gobierno con la liberación de los presos provocó que el 24 de marzo se volviera a declarar una huelga general en Cataluña, pero esta se encontró con una reacción más severa por parte de las autoridades, que desplegó al ejército en las calles desde el minuto uno. Para apaciguar las aguas, el 2 de abril se concretó el el decreto que impondría la jornada de 8 horas desde octubre, lo que convenció a muchos trabajadores para volver a sus puestos. El 14 de abril, este segundo paro general se dio por concluido.
Baldomera Larra, la inventora de la estafa piramidal
En el tumultuoso siglo XIX español, marcado por una agitada vida política y social, surgió una figura singular: Baldomera Larra, hija del renombrado escritor Mariano José de Larra. Sin embargo, la notoriedad de Baldomera no provino de su apellido ilustre, sino de su talento para el engaño y la estafa. Esta intrigante mujer, cuyo nombre resonó en los círculos más selectos de la sociedad de la época, supo utilizar su posición y astucia para estafar a las personalidades más prominentes de su tiempo, grabando su nombre como una de las estafadoras más notorias de la historia.Baldomera Larra Wetoret, tercera hija del matrimonio formado por el escritor romántico y Josefa Wetoret, tenía cuatro años cuando su padre se pegó un tiro en la cabeza, frente al espejo. El desgraciado suceso no impidió que llegara a casarse con Carlos de Montemayor, médico de la Casa Real de Amadeo de Saboya. Sin embargo, pasó de disfrutar una vida acomodada a encontrarse en una delicada situación económica, cuando fue abandonada por su marido: Amadeo de Saboya regresó a Italia, y cuando Alfonso XII ascendió al trono, el médico, muy marcado políticamente, decidió huir, yéndose a Cuba.Baldomera, que prefirió quedarse en Madrid, sola, y a cargo de sus tres hijos, tuvo que agudizar el ingenio para salir adelante.No le quedó más remedio que empezar a pedir dinero prestado a fiadores y prestamistas, de los que acabó aprendiendo el negocio. Con el conocimiento acumulado, en la primavera de 1876, y movida por la necesidad, funda la Caja de Imposiciones, un banco fantasma que, tras pasar por varias ubicaciones, acabó instalándose en el desaparecido Teatro España, en la plaza de la Paja. Conocida como la madre de los pobres, o La Patillas, por su peinado, la noticia de que la hija de Larra multiplicaba los reales corrió de boca en boca y sus clientes, en su mayoría pequeños ahorradores, llegados incluso desde los pueblos cercanos a la capital, acudieron al reclamo de la entidad, que ofrecía pingües réditos de un real por cada duro depositado. Pero, en realidad, lo que había implantado era un método de inversión que más tarde sería el origen de los esquemas de Ponzi.Baldomera no se escondía, era una mujer amable y simpática, con una actividad conocida por todo el mundo. Llegó a ofrecer intereses de hasta el 30% mensual por cada duro invertido, sin más garantía que un papel donde apuntaba el nombre del inversor y la cantidad depositada. Para hacer frente a los pagos, recurría al dinero que le daban los nuevos inversores. Eran tasas tan altas que la fama llegó incluso a traspasar fronteras.Se cree que llegó a captar unos 22 millones de reales, una cifra que es difícil traer a nuestros días, pero que podría equivaler a unos 14 millones de euros actuales. Como siempre en estos casos, es difícil saber el número real de afectados, pero hay diferentes fuentes que lo cifran entre 5.000 y 50.000 personas.Ante las insistentes preguntas del secreto de su negocio, porque la gente tenía dudas, Baldomera respondía siempre que era tan simple como el huevo de Colón. Y cuando las cuestiones hacían referencia a las garantías en caso de quiebre, iba aún más lejos, asegurando que su única garantía, era el viaducto. Sí, el suicidio.Este negocio, que hoy conocemos como estafa piramidal, se vio favorecido entonces por la nueva legislación. De hecho, desde mediados de siglo, este tipo de actividades económicas empezaron a ser cada día más populares.No dura mucho el negocio, pues la burbuja estalla en diciembre de 1876, cuando al propia Baldomera Larra se da cuenta de que no va a poder seguir haciendo frente a los pagos como estaba haciendo hasta entonces, y cuando empiezan a circular rumores sobre la falta de solvencia de la prestamista. La literatura que ha quedado de la época señala que un carbonero se presentó en su casa reclamándole sus ahorros y Baldomera le pagó de inmediato. Pero el incidente desató en ella el pánico a una quiebra inminente si los clientes empezaban a retirar sus depósitos.Al día siguiente, la usurera se dejó ver en el palco del teatro de La Zarzuela, pero antes de que terminara la representación se dio a la fuga a Suiza. Tal fue el escándalo que se organizó entre sus clientes, que, en la tarde del 4 de diciembre, las autoridades tuvieron que intervenir, llegando a tener que presentarse en el lugar el mismísimo delegado de Orden Público, acompañado de varios guardias, y el Juez de Instrucción del Distrito de La Latina.Dos años después y repudiada por su familia, se supo que Larra vivía bajo una identidad falsa en Francia. Se pidió su detención y extradición, pero hubo que esperar al 15 de julio de 1878 cuando regresó a Madrid y fue detenida, con una amplia repercusión en los periódicos de la época. Los años siguientes los pasó en la cárcel.En el juicio, Baldomera adujo en su defensa que se marchó porque acabó con menos ingresos que pagos, por culpa de las informaciones negativas contra ella de la prensa. También reconoció que había establecido una casa donde recibía en préstamo el dinero que le llevaban, comprometiéndose a entregar el 30% mensual, sin ofrecer ni dar garantías de ninguna especie.La sentencia fue portada de periódicos como El Imparcial o La Época el 26 de mayo de 1879. Fue condenada a seis años de prisión y sus colaboradores fueron absueltos. Ella lo sería poco después, tras ingresar en el hospital de la prisión, y gracias a una campaña de recogida de firmas, donde participaron desde gente sencilla, hasta aristócratas perjudicados por el fraude, que inicialmente habían clamado contra la que consideraban una estafadora y que habían solicitado su castigo sin piedad. De hecho, su condición de mujer casada jugó a su favor, ya que, gracias al recurso de casación presentado, el Tribunal Supremo entendió que no tenía capacidad para contratar y, por tanto, los depositantes no tenían consideración de acreedores.La historia de Baldomera Larra es un recordatorio vívido de que el engaño y la estafa no conocen barreras sociales ni títulos nobiliarios. Su cautivadora personalidad, combinada con una habilidad innata para manipular a quienes la rodeaban, dejó un legado sombrío en los anales de la historia. Baldomera Larra, la estafadora ilustre del siglo XIX, desafió las convenciones sociales y abrazó una vida de engaño y falsedad.Aunque el tiempo ha borrado gran parte de los detalles de sus estafas, su nombre continúa resonando como un recordatorio de que incluso los círculos más exclusivos no están exentos de ser víctimas de la astucia y el fraude. Baldomera Larra fue una figura enigmática que dejó una estela de desconfianza en su camino.
El secreto tras el símbolo del euro
Piensa en el euro. ¿Qué imagen te viene a la cabeza? Seguramente billetes o monedas. Puede que también su símbolo. Esa especie de ‘e’ hecha con un semicírculo al que le atraviesan dos líneas horizontales y paralelas por el lado izquierdo. Así se representa la divisa que utilizan centenares de millones de personas cada día. Y es que el euro, aunque nos lo parezca, no es solo dinero. En el fondo es el medio para alcanzar una meta política que nació hace décadas: una Europa que conviva en paz y en la que se integren todas las economías que la configuran. Pero ¿quién diseñó el conocido símbolo de la moneda comunitaria? No se sabe. O, mejor dicho: la Unión Europea nunca ha querido decirlo. Empecemos por el principio. O más bien, por las bases. Consultemos un momento el Tratado de la Unión Europea. En su artículo 3, podemos ver que uno los objetivos del bloque comunitario es establecer "una unión económica y monetaria cuya moneda es el euro". Por ahora, ese objetivo está conseguido solo en parte: de los 27 países que forman la Unión, 20 tienen el euro como divisa. Croacia fue el último en entrar al 'club' de la eurozona este año. En cambio, Bulgaria, República Checa, Hungría, Polonia, Rumanía, Suecia y Dinamarca tienen divisas propias. Se podría decir que el euro, realmente, es una declaración de intenciones de la Unión Europea. En el boletín Info€uro, publicado por la Comisión Europea en noviembre de 2002, esta aseguraba que la moneda única "es uno de los mejores catalizadores para que la gente se identifique con Europa". Pero antes de que la Unión Europea llegara a ese punto, la creación y puesta en circulación de la moneda compartida provocó profundos debates en el seno de la organización. No fue hasta finales del 95, en un Consejo Europeo celebrado en Madrid, cuando la Unión tomó dos decisiones clave: por un lado, que la introducción de la 'moneda única' comenzaría el 1 de enero de 1999; por otro, e igualmente importante, decidió denominar a esa nueva divisa 'euro'. Si la historia hubiera transcurrido de otra forma, hoy en día cobraríamos nuestro sueldo en ecus o en florines. Pero no, lo hacemos en euros. ¿Por qué? Según fuentes de la Comisión Europea consultadas por elEconomista.es, se escogió el nombre de euro por ser "el que mejor simboliza Europa". Y según recogió la BBC en un reportaje publicado en 2019, la elección también se basó en la uniformidad: era importante que la designación de la divisa comunitaria pudiese usarse en todas las lenguas oficiales de la UE. Ahora bien, ¿a quién se le ocurrió el nombre de euro? A Germain Pirlot. Este profesor belga escribió una carta en el verano de 1995 al entonces presidente de la Comisión Europea, Jacques Santer, con su propuesta. Y apenas cuatro meses después fue la opción escogida por los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea. Eso sí, la Comisión ni confirma ni desmiente a este periódico el papel clave de Pirlot en el nacimiento de la moneda europea. Una vez puesto el nombre, faltaba crear un símbolo para hacer reconocible a la divisa única. Bruselas estableció tres criterios para dar con él: primero, debía asociarse claramente a Europa; segundo, ser fácil de escribir a mano; y tercero, tenía que resultar atractivo. El proceso que llevó a la elección del símbolo que todos conocemos hoy en día no fue precisamente rápido. Para empezar, se elaboraron de forma interna en la Comisión Europea una treintena de 'bocetos' diferentes. Según distintos medios, se encargó de hacerlos un comité formado ad hoc por cuatro personas, aunque las fuentes de la institución consultadas por este diario no se pronuncian sobre la veracidad de esta información. Lo que sí confirman es que, de esa treintena de borradores, una decena fue sometida a encuesta "al público en general" que realizó "una organización especializada". De dicha encuesta salieron dos diseños claramente favoritos. Y fueron dos personas las que hicieron la elección final: Santer y Yves-Thibault de Silguy, entonces miembro de la Comisión y responsable de asuntos económicos, monetarios y financieros. El diseño final se reveló en diciembre de 1996. Está inspirado en la letra griega épsilon, que es la primera de la palabra "Europa", y está cruzado por dos líneas paralelas que pretenden simbolizar la estabilidad en la zona del euro. O al menos esa es la explicación que da la Unión Europea. Lo que la organización no ha revelado nunca, sin embargo, es quién o quiénes fueron los creadores de este emblemático símbolo. De hecho, a diferencia de las representaciones de otras divisas como el dólar estadounidense o el yen japonés, la del euro sí está registrada. Es más, la propia Unión Europea, representada a través de la Comisión, es la propietaria de los derechos de autor del símbolo del euro. ¿Por qué la Unión nunca ha hecho público quién diseñó un símbolo tan importante para la propia organización (o, al menos, para una buena parte de esta)? La Comisión no responde a esta cuestión, aunque en 2001 Jean-Pierre Malivoir, entonces responsable de las relaciones públicas del euro, aseguró que no era posible decir quién era el diseñador. "No hubo un individuo, fue un equipo". Arthur Eisenmenger, en cambio, no opinaba lo mismo. Este alemán, fallecido en 2002, aseguró en varias ocasiones que creó el símbolo del euro, aunque sin intención de que fuera tal, antes de jubilarse como diseñador gráfico jefe de la entonces Comunidad Económica Europea. "Lo dibujé sin pensarlo mucho. En aquel momento no pensaba en el euro, sino en algo que simbolizara Europa", afirmó en una entrevista a finales de los 90. Pero la polémica no acaba aquí. Y es que son muchos los que han señalado a otro diseñador gráfico como el autor del emblema de la moneda comunitaria: el belga Alain Billiet. ¿Formó Billiet parte del supuesto comité que elaboró el símbolo del euro? ¿O Eisenmenger? ¿O ambos? ¿O ninguno? Por ahora, no hay respuesta: Bruselas tampoco contesta a estas preguntas. La situación puede resumirse de la siguiente manera: la Unión Europea no ha reconocido quién ideó el emblema del euro, pero aun así tiene los derechos de autor de este. Esto es razonable, según explican tres expertos en propiedad intelectual consultados por elEconomista.es, pues es necesario que la Unión Europea tenga los derechos de autor del símbolo de la moneda única para evitar que firmas privadas hagan un uso comercial y limitativo de este. Y con la información que sí se conoce, es presumible que la Unión y el diseñador, o los diseñadores, suscribieron un contrato de confidencialidad para que se guardara en secreto su identidad. Lo que no está tan claro es a qué se debe este secretismo. Los juristas que han hablado con este periódico también apuntan que, si bien están los derechos legales sobre el símbolo, también existen los derechos morales del autor, o autores. Bruselas podría hacer público quién está detrás de la obra y no perder los derechos de autor sobre esta. No es algo incompatible: dar el reconocimiento no implicaría problemas legales a la Unión Europea. Por tanto, sigue siendo una incógnita la razón tras esta postura deshonesta de las autoridades, más de dos décadas después del nacimiento del euro. Pese a la evidente relevancia del euro en el proyecto de integración de Europa, la moneda comunitaria no es uno de los símbolos oficiales de la Unión. En concreto, la UE tiene cuatro símbolos. El 9 de mayo es uno de ellos: en esta jornada se celebra el Día de Europa, una festividad que no es especialmente conocida, ni está reconocida en el calendario laboral de España, pero no es por ello menos alegórica. Se trata del día en el que la Unión Europea invita a echar la vista atrás y poner en valor la integración pacífica de los distintos países del bloque tras las guerras sufridas a principios del siglo XX. Otro de los símbolos que es menos conocido es el lema de la UE, que fue utilizado por primera vez en el 2000 y reza así: "Unida en la adversidad". En cambio, la bandera de la Unión es más popular: de color azul oscuro y con 12 estrellas amarillas puestas en círculo. Por último, pero no menos importante, está el himno europeo
El impuesto a las ventanas en Inglaterra que acabó en epidemias
Los impuestos siempre son impopulares, y si afectan a algo tan necesario como la luz o el aire, más. De esto saben mucho en Inglaterra. En 1696 entró en vigor la denominada 'Ley de Reparación de la Deficiencia del Dinero Recortado', que incluía un tributo a las ventanas. Un ingenio fiscal que tenía como objetivo aumentar la contribución de los ricos a las arcas públicas, pero que degeneró en un grave problema de salud pública.La idea del impuesto fue del Rey Guillermo III, como solución para recuperarse de los gastos que había supuesto la Revolución de 1688, que derrocó al Rey Jacobo II; del agujero que había dejado la guerra con Francia; y de los costes de reacuñar las monedas existentes, ante el "estado miserable" en que se encontraban tras varios procesos de raspado de la plata. En principio, estaba planteada como una medida temporal pero bajo argumentos constantes de estrechez presupuestaria, finalmente se extendió más de siglo y medio.La premisa era simple pero no siempre efectiva. La norma se basaba en la idea de que los más pudientes vivían en casas más grandes y, aunque generalmente era así, su aplicación en las ciudades tenía unos matices mucho más complejos que en las zonas rurales.La progresividad era la característica principal de la medida: a mayor número de ventanas mayor era la aportación. Quienes superaran el máximo exento debían pagar, además del impuesto sobre la vivienda de 2 chelines, del que no se libraba nadie, una tasa adicional cuyo importe variaba en función del número total de ventanas. En las primeras décadas solo afectaba a las edificaciones con más de 10. En 1747, por ejemplo, las propiedades con entre 10 y 14 ventanas pagaban 6 peniques, y aquellas con más de 20, 9. El impuesto aumentó 6 veces entre 1747 y 1808, cuando el límite exento se situó en menos de 6 ventanas.Las familias de apellido de rancio abolengo tenían grandes casas de campo, con decenas de ventanas. La operación era sencilla y los gobernantes vieron en ella una gran opción para llenar la hucha sin entrar directamente en el impuesto a la renta, muy impopular en aquel momento. En el otro extremo estaban los más pobres, a quienes la ley presumía habitando en espacios más pequeños y menos luminosos, por lo que asumirían una menor carga impositiva. El guion se tambaleaba. Si bien la población con menor capacidad económica que vivía en zonas rurales tenía casas más humildes (normalmente exentas del tributo), en las zonas urbanas el asunto se complicaba. En las ciudades, la población de menos recursos vivía en grandes edificios de viviendas que, independientemente de cómo se subdividieran, a ojos de la ley, se consideraban una sola vivienda. Y aquí empezaron los problemas.Para evitar el impuesto, las fachadas de los edificios empezaron a adquirir una curiosa estética que aún hoy puede observarse si se pasea por ciudades como Glasgow o Edimburgo. Cada vez eran más los edificios con ventanas tapiadas con ladrillo o tablones. Fue la solución que aplicaron los arrendadores, porque eran ellos quienes estaban sujetos al impuesto. En el caso de nuevas construcciones, se hacían con espacio reducido para instalar el menor número de ventanas posible.La letra pequeña de la ley agravaba la situación. La ausencia de una definición concreta de lo que se consideraba ventana derivó en una aplicación muy estricta de la norma. Cualquier abertura en la pared que conectara con el exterior era susceptible de ser gravada, incluso las rejillas perforadas de las despensas o agujeros originados por alguna rotura. La luz natural y la ventilación empezaron a ser un lujo al alcance de muy pocos inquilinos.Había quien se libraba, aunque eran pocos. Algunas fábricas y edificios estaban exentos del impuesto. Por ejemplo, las oficinas públicas, las casas de campo que costaran menos de 200 libras por año, las lecherías y queserías, los graneros o las fábricas de autocares entraban en las exenciones porque se entendía que, en su caso, las ventanas eran beneficiosas para el negocio. Para sufragar el coste del impuesto, las propiedades empezaron a subir los alquileres, pero ese no sería el mayor problema de los residentes. La nuevas y oscuras edificaciones fueron un campo de cultivo de enfermedades, que se propagaban a la velocidad de la luz que no entraba en las viviendas. Desde principios del siglo XVIII, el impacto en la salud era tan evidente que se desencadenaron protestas ciudadanas e incluso se recogía en romances populares. El tifus, la viruela o el cólera estaban a la orden del día, e incluso se llegó a desatar alguna epidemia.Un informe firmado por el Doctor Reid en 1845 recogía la advertencia del Comité de Salud local de Sunderland, una ciudad del nordeste de Inglaterra. El documento, que aún guarda el Parlamento británico, recoge el aviso del grupo técnico en el que aseguran haber sido "testigos del efecto [...] maligno del impuesto a las ventanas" y se mostraban unánimes al confirmar que el "taponamiento de las numerosas ventanas causado por el afán de sus dueños de sustraerse al pago del impuesto [...] en algunos casos ha sido la causa principal de muchas enfermedades y mortalidad.Varios estudios de la época denunciaron los riesgos para la población de las condiciones insalubres que propiciaba la falta de ventilación adecuada. El Doctor John Heysham reportó cómo una epidemia de tifus acabó con la vida de decenas de ciudadanos en Carlisle, en 1781. El rastreo del médico situó el origen del brote en una casa habitada por seis familias pobres. Los autores Wallace Oates y Robert Schwab incluyeron en una investigación sobre esta tasa publicada en el Journal of Economic Perspectives en 2015 la descripción de Heysham de las condiciones de vida en aquella vivienda: "Con el fin de reducir el impuesto de ventana [...] toda fuente de ventilación se eliminó. El olor de esta casa era insoportable y ofensivo hasta un punto insoportable. No hay evidencia de que la fiebre haya sido importada a esta casa, pero se propagó de ella a otras partes de la ciudad, y 52 habitantes fueron asesinados".Pese a los evidentes y contrastados efectos nocivos, el impuesto sobrevivió hasta mediados del siglo XIX y finalmente fue derogado en 1851 después de fracasar por tres votos una moción un año antes. Las críticas en los últimos años eran ya insalvables, sobre todo por las dudas que generaba su aplicación. ¿Realmente pagaban más quienes más tenían? Una discusión en la Cámara de los Comunes en 1850, justo antes de la derogación del impuesto, puso el foco en el sentido primigenio de la medida: era un criterio fiable medir la capacidad económica conociendo el valor de la propiedad. Sin embargo, casi un siglo antes, el escocés Adam Smith, considerado fundador de la ciencia económica, apuntó en La Riqueza de las Naciones, en 1776, que el número de ventanas podría ser una medida "muy pobre" de la valor de una vivienda: "Una casa de 10 libras de alquiler en el campo puede tener más ventanas que una casa de 500 libras de alquiler en Londres y aunque es probable que el primero sea un hombre mucho más pobre que el del segundo, el impuesto a la ventana establece que debe contribuir más al apoyo del estado".Lo cierto es que los ciudadanos de Inglaterra ya estaban acostumbrado a excentricidades fiscales. El impuesto a las ventanas tenía un antecedente: el impuesto al hogar que aprobó en 1662, después de la Restauración, Carlos II y que consistía en un tributo de 2 chelines por cada hogar y estufa en las casas de Inglaterra y Gales. Este gravamen también fue muy impopular, además de por el afán recaudatorio en sí, por el carácter intrusivo que implicaba. Y es que los 'chimeneros' (como se llamaba a los tasadores y recaudadores de impuestos) entraban en los edificios para contar el número de hogares y estufas.El 'impuesto de la ventana' es historia pero muchos edificios conservan la esencia de la época. Incluso alguno construido una vez derogada la ley mantuvieron el 'estilo' para equilibrar el aspecto de los bloques de viviendas.Existen muchas historias giran en torno a esta tasa, aunque algunas son calificadas como mito. Como la que señala que el dicho inglés 'robo diurno' tiene su origen en aquella ley. También generó muchas dudas en la época: ¿por qué la producción de vidrio se mantuvo igual si el inmobiliario solicitaba mucho menos? Las 'malas lenguas' apuntan a que el impuesto también se habría utilizado como una forma de evasión fiscal.
La empresa con la mejor atención al cliente de la historia
La inspiración para crear una empresa puede aparecer en los lugares más insólitos o en los momentos menos esperados. La chispa puede encenderse mientras se busca activamente una nueva idea de negocio, o puede surgir por casualidad mientras llevamos a cabo otra actividad, o cuando nos enfrentamos a un problema personal que necesitamos resolver.Esto último es lo que le pasó a Nick Swinmurn, cofundador de Zappos, la tienda online especializada en calzados. Un joven Nick estaba en 1998 recorriendo un centro comercial en busca de un producto muy concreto: unas botas Airwalk Desert. Y tras horas buscando, no las encontró. En unas tiendas tenían el modelo, pero en un color que no le gustaba; en otras, lo que fallaba era el número; y en algunas ni siquiera las tenían.Frustrado, volvió a casa, decidido a investigar en aquel pionero internet que daba sus primeros pasos. Pero en la red de redes tampoco encontró lo que buscaba. Ahí es donde se le encendió la bombilla. Swinmurn se acercó a varios distribuidores minoristas de California, y les pidió hacer algunas fotos de las botas que tenían, para ponerlos a la venta por internet, comprometiéndose a que, si alguien los compraba, acudiría a ellos. Y sí, logró varias varias ventas online.Es ahí, como ha contado el propio Swinmurn, donde se da cuenta de que tiene un gran negocio entre manos. Así que acude de nuevo a los almacenes de calzado, con la idea de poner toda la enorme colección de calzado a la venta en internet. Llama a la nueva compañía shoesite.com, un nombre poco original, pero que deja claro a qué se dedica el negocio.El problema es que ya no bastaba él solo haciendo fotos para que el proyecto funcionase. Si quería pulir aquella web, lanzar campañas de marketing y darse a conocer, necesitaba una inversión. Así que le presenta la idea a 10 fondos de inversión. Pero a ninguno le convence. Fue hace 25 años, pero en realidad estamos hablando de la prehistoria del comercio online, y nadie cree que la gente vaya a comprar zapatos por internet, sin probarlos antes.Cuando empezaba a desilusionarse, su abogado le habla a Swinmurn de un fondo llamado Venture Frogs, que parece que tienen dinero y están dispuestos a invertir en cualquier cosa. Queda con Tony Hsieh, un joven que acaba de venderle LinkExchange a Microsoft por casi 300 millones de dólares, y que acaba jugando un papel fundamental en la compañía. Le convence de que un porcentaje importante de calzado se vende a través de catálogo, así que si aciertan, también podrían hacerlo por internet. Le convence, y en dos días Hsieh y su socio, Alfred Lin, deciden invertir 500.000 dólares.Y aunque no tenía ni un año, deciden cambiarle el nombre a la empresa, ya que consideran que Shoesite les limitaba mucho a vender calzado. Tras darle algunas vueltas, llegan a la idea de Zappos a partir de la palabra española zapatos, a la que le agregan una 'p' adicional para que suene más sofisticado.Los inicios para la compañía no son fáciles. Hablamos de los años en los que estalla la 'burbuja puntocom', en la que muchas empresas con negocios basados en internet se van al garete. Pero Zappos logra sobrevivir. Por un lado, porque las ventas no paran de crecer, pasando de 1,6 millones de dólares en el año 2000, a más de 8 millones en 2001, y 184 millones en 2004. Por otro lado, porque en los momentos más complicados, ya que se quedan sin dinero dos veces en tres años, Hiesh acude al rescate, con nuevas inversiones, cuando nadie más estaba dispuesto a poner un duro. Y, por último, por la cultura empresarial que desarrolla la compañía y el compromiso de los empleados.Hsieh, que desde 2001 ya es el co-CEO de la compañía, insiste desde el primer momento en la importancia de los trabajadores. Era un líder diferente a todos los demás, que en realidad no tenía ninguna necesidad de tener un empleo, así que se obsesiona con crear una compañía en la que todo el mundo quisiera trabajar, incluido él mismo.Todos los empleados se sienten parte de la empresa, y partícipes de los logros y los éxitos. Esa pasión compartida fue clave para superar los momentos más duros.El otro gran punto fuerte de la compañía, junto con la implicación de los empleados, era la atención al cliente, un sistema excepcional, considerado por muchos como el mejor que existe, e incluso el mejor que ha habido nunca. Alcanzan tal nivel de excelencia que en muchos de sus logros ya se mezcla realidad, ficción y leyenda.Hsieh era el impulsor de esta cultura. Fue consciente desde el primer momento de la importancia de la atención al cliente para lograr el éxito. Su experiencia laboral le llevó a desarrollar no una empresa tecnológica, sino un negocio centrado en el cliente, y en su experiencia. "Éramos una empresa de calzado con un gran servicio al cliente, y nos convertimos en una marca con un gran servicio al cliente que casualmente vende zapatos", explicaba el propio Hsieh.
Auge y caída de Tupperware: la marca de fiambreras, al borde de la quiebra
Tupperware es una empresa que ha revolucionado la forma de almacenar y conservar los alimentos. Sus productos han estado presentes en las casas de todo el mundo desde hace más de 70 años. Y su innovador modelo de ventas ha sido objeto de estudio en las mejores universidades. Una empresa de origen humilde, que se convirtió en un fenómeno global. ¿Pero cómo ha llegado la compañía a ser una de las más importantes de su sector? ¿Cuál es su modelo de negocio? ¿Cómo ha evolucionado en todas estas décadas? Pero, sobre todo, ¿qué ha pasado para que ahora esté al borde de la quiebra?La idea nace de Earl Tupper, un comerciante de Estados Unidos que encaja perfectamente en la etiqueta de inventor. Nació en 1907, en el seno de una humilde familia de granjeros, pero era muy ambicioso, y desde muy pequeño sueña con ser inventor. Y millonario. Admirador de Da Vinci o Thomas Edison, llevaba siempre una libreta, en la que apuntaba sus ideas u ocurrencias: una liga para medias, pantalones que no hacía falta planchar, peines de todo tipo (que eran su obsesión), un barco impulsado por peces, cigarrillos personalizados...Trató de vender sus inventos a otras empresas, pero nunca tuvo suerte. Tuvo varios trabajos para ganarse la vida, e incluso lanzó su propio negocio de jardinería, que, aunque no iba mal, chocó con la Gran Depresión, que le obligó a cerrarlo. Tras esta experiencia emprendedora, encontró un nuevo trabajo en Dupont, que acabaría cambiándole la vida.La compañía química ya había descubierto en la década anterior materiales tan innovadores como el poliéster, la poliamida o el neopreno. En la fábrica, Tupper descubre la escoria de polietileno, un producto de desecho de proceso de refinación de petróleo, y empieza a experimentar con él. Descubre un método que le permite convertir esa escoria en un material duro pero flexible, ligero y sin propiedades tóxicas.Crea su propia empresa Tupper Plastic, y empieza a crear los primeros recipientes, para cigarrillos y jabón, pero no tienen éxito. Pero el fracaso no le detiene, y apuesta entonces por fabricar recipientes para comida, como tazas o platos, que eran muy livianos e irrompibles. Y da el gran salto en 1946, cuando además diseña tapas herméticas, que permiten que el líquido no se vierta, inspiradas en el sellado seguro de las latas de pintura. Permitía que la gente pudiera conservar alimentos en sus casas como nunca antes. Llama a su invento Tupperware.Empieza a vender sus productos a través de tiendas minoristas. Pero a pesar de las propiedades de sus productos, de los premios de diseño que había ganado y de las buenas críticas recibidas, no tiene éxito: los consumidores no estaban familiarizados con el concepto de almacenar alimentos en recipientes de plástico, no sabían cómo funcionaba el cierre y los vendedores no sabían cómo promocionar los productos e impulsar sus ventas.Todo cambia cuando conoce a Brownie Wise, una mujer divorciada con un hijo que necesitaba mantener. Era una vendedora nata, extrovertida, con carisma y muy sociable. Estaba especializada en la venta de productos de limpieza, que comercializaba en grupos reducidos de mujeres, en reuniones de demostración que organizaba en sus propias casas. Tupper la contrata para establecer un sistema de ventas similar para Tupperware. Tuvo tanto éxito que retiró todos los productos de las tiendas para centrarse exclusivamente en las ventas por demostración. Las llamaban 'Fiestas Tupperware', en las que las asistentes, siempre mujeres, invitaban a amigas y vecinas, en un encuentro con mezcla de evento social y comercial.Wise es nombrada vicepresidenta, y responsable de la dirección de ventas. Tenía libertad para implementar estrategias de marketing. Su capacidad para entender la cultura popular y captar el deseo de felicidad, le ayudó a reclutar a miles de mujeres, en un momento, en una época, en el que el papel de la mujer estaba más ligado al hogar que al entorno laboral.Muchas empresas copiaron su estrategia de venta, pero nadie como ella llegó a entender el sistema. Le sacó el máximo provecho a los incentivos como estrategia motivacional. Una vez al año organizaba un gran evento, en Florida, donde las mejores vendedoras recibían grandes regalos, como viajes, electrodomésticos o incluso lanchas.Se convirtió en una especie de mujer ideal de los años 50. Era habitual verla en televisión, o en las revistas y los periódicos. Y hasta se convirtió en la primera mujer en aparecer en la portada de Business Week.Pero tras convertirse en una celebridad, la relación con Tupper se hizo muy tensa. Tanto que en 1958 fue despedida de la compañía. La junta directiva, compuesta íntegramente por hombres, decidió echar a Wise, dejándola sin acciones de la compañía y con un acuerdo de unos 30.000 dólares, equivalente al salario de un año, a cambio de no demandar a la empresa. Todas las referencias a ella fueron eliminadas.Ese mismo año, Tupper decidió vender la empresa a Rexall Drug, por 16 millones de dólares, el equivalente a unos 130 millones de hoy. Solo tenía 51 años, pero decide jubilarse. Se compra una isla en Costa Rica, y renuncia a la nacionalidad estadounidense, para evitar pagar impuestos. Murió en 1983, solo, y meses antes de que caducara su patente.Ya con los nuevos dueños al frente, Tupperware inició el proceso de internacionalización en los 60, con la organización de las primeras 'Fiestas Tupperware' en Reino Unido. Y ya no dejó de expandirse. En 10 años ya se vendía en todo Norteamérica y en Europa. En los 70 desarrollan nuevos productos, con una imagen más moderna, y diseños de colores, que facilitaban la distinción de los alimentos que contenían.En los 90 la internacionalización avanza por Europa del Este, Rusia, Asia y América Latina. Solo el 15% de los ingresos de la compañía procedían de Estados Unidos. Era el momento álgido de la compañía. Nunca volvería a estar presente en tantos países como en 1996.La innovación siempre fue parte del ADN de la compañía. Por ejemplo, cuando los microondas se pusieron de moda, y empezaron a estar presentes en todas las casas, lanzaron una línea de recipientes adaptados para calentar su comida ahí sin estropearse. También se lanza a la producción de nuevas líneas de negocio, como los utensilios de cocina.Pero el siglo XXI no le ha sentado bien a Tupperware. Mientras reducía su presencia en el mundo, cerrando sus delegaciones en países tan relevantes como Reino Unido, Holanda o Israel, los problemas se iban acumulando.El comercio directo sigue siendo una pata muy relevante para la compañía. Pero sus productos también se pueden conseguir online, a través de su web. Y cada vez tiene más presencia en tiendas minoristas, tratando de llamar la atención de los compradores más jóvenes.Pero no ha salido bien, no ha sido suficiente adaptarse a los tiempos y ampliar su base de clientes. Los jóvenes no creen en las 'Fiestas Tupperware'. Y tanto en las tiendas como en internet encuentran alternativas más baratas o más modernas y atractivas.También influye el cambio de tendencias global, que lleva a valorar más la sostenibilidad y la protección del medio ambiente, que se ha traducido en una importante cruzada contra el plástico. La compañía ha tratado de adaptarse, con la apuesta por nuevos materiales, pero tampoco ha sido suficiente. No son pocos los consumidores que prefieren recipientes reutilizables más amigables con el medio ambiente, como el papel de cera de abejas, para mantener su comida fresca.Y aunque la pandemia provocó un repunte de ventas para la compañía, con más gente metida en sus casas y cocinando, fue algo puntual y sin continuidad. De hecho, se vio después lastrada cuando las restricciones aplicadas en China como consecuencia de la Covid interrumpieron el suministro de sus productos.De hecho, en 2022 anunció que había reducido su plantilla de vendedores en casi un 20%. Desde agosto de ese año ha reestructurado su deuda dos veces, y se prepara para hacerlo una tercera. Los costes de los intereses de sus préstamos se disparan mientras el negocio no logra despegar de nuevo.
Del secreto bancario a la caída del chiringuito fiscal
No hace mucho tiempo la banca suiza infundía misterio y respeto, a parte iguales. Las entidades financieras del pequeño país alpino tenían el glamour y el poder, que le otorgaba el secreto bancario, para atraer el dinero y los activos de las grandes fortunas planetarias a sus bóvedas. El mito de los bancos suizos todavía se agrandó durante décadas aún más con la literatura y el cine. La mafia de cualquier rincón del mundo, espías o empresarios se acercaban a las lujosas, a la vez que discretas, oficinas de Ginebra o Zurich, para guardar bonos, joyas documentos secretos o millones de dólares, en sofisticadas cajas fuertes. Pero como casi siempre pasa, la realidad pudo con la ficción. Casi cualquier dictador africano o político corrupto escondía algún milloncejo en cuentas encriptadas de algún banco suizo. La banca universal de Suiza creció agarrada al Santo Grial del secreto bancario. La discreción ha sido una parte fundamental del desarrollo del sistema financiero y una garantía de protección para los patrimonios en cualquier lugar del mundo, pero en Suiza se ha llegado a convertir en algo idiosincrásico del país, hasta llegar a marcar la política y las relaciones internacionales en el último siglo. El secreto bancario no es exclusivo del país helvético. Las primeras entidades italianas consideradas como primeros ejemplares de banca moderna ya lo pusieron en práctica en el siglo XVII, pero era más una costumbre o práctica empresarial. Lo que tiene de especial el secreto bancario de Suiza es que está convertido en ley desde hace, prácticamente, un siglo y esto significa que este elemento es inviolable y perseguido penalmente, si se rompe. En 1934, Suiza blindó legalmente el secreto bancario. El artículo 47 de la Ley bancaria de Suiza incluía sanciones penales. Cualquier persona que lo violara se exponía a multas económicas o, incluso, a terminar directamente en la cárcel. "Antes de 1934 esta práctica se basaba en la tradición más que en una ley concreta o un conjunto de leyes", explicaba Sébastien Guex, historiador suizo, en la prestigiosa revista de Harvard Bussiness History Review. "El secreto bancario era una cuestión de derecho civil, no penal", añadía. Después de aquel año, los banqueros asumían prácticamente el juramento de defender el secreto bancario como si fuera un compromiso hipocrático de un abogado o un médico. Antes de la ley, podía abrirse procesos civiles contra el infractor, pero después de 1934 la violación del secreto sería perseguido por la ley. Las primeras referencias históricas del secreto bancario se remontan a más de 300 años de antigüedad. El cantón de Ginebra, en 1713, adoptó un código secreto que prohibía a los bancos compartir información de clientes con terceros. Durante años y siglos, el secreto bancario se movió más en el terreno de las costumbres y de la estrategia comercial, que como normativa. Pero lo interesante de la historia de la regla de oro de la banca suiza es por qué llegó a convertirse en ley y todo el contexto que rodeó al secreto bancario hasta 1934. A partir de la I Guerra Mundial, "el capital extranjero, que llegaba a las arcas de los bancos suizos, procedente de Francia, Alemania, Italia y Austria se situó en unos niveles hasta ahora desconocidos", explica Guex. El primer gran conflicto del Siglo XX fue un punto de inflexión para el negocio financiero de Suiza. El país tenía todo lo necesario para convertirse en un gran paraíso fiscal en el corazón de Europa. Mientras los países vecinos subían los impuestos de manera masiva tras la guerra, los bancos suizos abrían la puerta a las fortunas extranjeras. La respuesta de los bancos suizos no era nueva. Ya durante la Revolución Francesa pasó algo parecido. La aristocracia y su capital huyeron despavoridos para Suiza. El filósofo Voltaire, padre de la Revolución, llegó a decir: "Si ves a un banquero suizo saltando por la ventana, síguelo, porque seguramente obtendrás una ganancia". La tensión entre Francia y Suiza llegó al máximo cuando el 27 de octubre de 1932, en plena crisis económica, las autoridades galas hicieron un registro por las bravas de la sucursal del banco suizo Basler Handelsbank, con el objetivo de encontrar evasores fiscales. El allanamiento del banco fue un toque de atención para que Suiza protegiera el secreto bancario. Otra de las razones para blindarlo con legislación fue la crisis bancaria que sufrió el país. Suiza también sufrió la crisis de los años 30 y no solo la padeció la economía, también su sistema financiero. Muchos bancos suizos sufrieron pérdidas significativas y algunos incluso entraron en bancarrota durante este período. Esto llevó a una disminución en la confianza del público en los bancos suizos y a una fuga de capitales del país. Como resultado, los bancos suizos comenzaron a buscar nuevas formas de atraer a los clientes extranjeros y mantener su confianza en el sistema bancario suizo. De los ocho bancos principales de esa época, uno quebró, otro sobrevivió solo porque recibió ayuda masiva del estado federal, y cuatro tuvieron que ser reestructurados, recuerda Guex. La Ley Bancaria del 1934, incorporó el secreto bancario, como otras normas más que debían reforzar el sistema financiero suizo. La reforma bancaria salió también que durante más de 70 años el secreto bancario casi se convirtió en un bien sagrado, tanto dentro como fuera de Suiza. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, a la postguerra, a las crisis galopantes de los setenta y ochenta. Pocos aspectos cambiaron año tras año. Incluso, el contexto de globalización de las finanzas favoreció que cada vez más millones y millones de cualquier rincón del mundo traspasara las fronteras de Suiza. La opacidad de los bancos suizos eran la llave del paraíso, del paraíso fiscal. Una vez que entraba el dinero en Suiza, en cualquier momento podía salir el dinero a cualquier territorio off shore.
El legado de Creditanstalt, el primer banco sistémico en caer
La caída de Creditanstalt fue uno de los mayores desastres financieros vividos en Europa. El banco austriaco, que había sido fundado en 1855, fue considerado durante décadas como uno de los pilares del sistema bancario austriaco, e incluso de Europa. Los efectos de su caída, en 1931, se pudieron sentir en todo el mundo.Fue fundado en Viena por la riquísima dinastía Rothschild, y se convirtió, con gran éxito, en el mayor banco del imperio austrohúngaro. Era, además, la entidad financiera de cabecera de la monarquía de los Habsburgo. Su expansión fue meteórica, y tan solo un año después de su creación, ya contaba con su primera sucursal, en Praga.Pero la derrota de Austria-Hungría en la I Guerra Mundial, junto con su posterior disolución y la formación de la República de Austria, fue dramática para la entidad. Tuvo que vender sus filiales en Checoslovaquia y en Polonia, y su negocio internacional se vio cercenado. No le quedó más remedio que centrarse en el mercado austriaco.Durante toda la década de los 20, se había seguido un método para afrontar las quiebras de bancos, muy numerosas tras estallar la burbuja especulativa bursátil de 1924: otras entidades absorbían las que estaban en apuros.Cuando estalla el crack del 29, y Wall Street se hunde, el Gobierno austriaco presiona a Creditanstalt que compre Allgemeine Bodencreditanstalt, un banco rival arrinconado por la crisis, que además arrastraba la adquisición del Unionbank austriaco dos años antes. El mayor banco de Austria, y de Europa oriental, absorbiendo al segundo mayor, que en la práctica estaba quebrado.El Gobierno austriaco, a través del Banco Nacional, hizo todo lo posible por apoyar a la nueva entidad, con una compleja red de cuentas en bancos intermediarios, y así, además, compensarle por las deudas heredadas. En vez de darle un préstamo, le cedía el dinero de forma indirecta.La fusión fue dramática para Creditanstalt. Estaba ligando su futuro a una entidad, en la práctica, insolvente. Se convirtió en un banco debilitado por créditos tóxicos, y además apenas contaba con capital propio; una escasez de capital que hacía que cualquier pequeña pérdida pudiese causar la descapitalización total del banco. Pero los directivos conocían de sobra la situación del banco absorbido, como lo conocían todas las entidades que se habían negado a comprarlo. Pero desde ese mismo año falsearon las cuentas para mostrar beneficios que no existían.Además, la Gran Depresión golpeó duramente a la industria, donde el banco tenía gran parte de sus inversiones. Les costaba la vida recuperar los créditos que le habían dado a las fábricas. Tras año y medio de recesión, muchos de esos créditos, directamente, se convirtieron en incobrables. Una auditoría interna reveló que tres cuartas partes del capital se había perdido.El sistema de absorciones, que anteriormente había permitido superar las crisis bancarias, esta vez resultó inservible: no existía ya ningún banco lo suficientemente grande para adquirir Creditanstalt. Solo el Estado podía salvarlo.La crisis se desencadenó el 11 de mayo de 1931, cuando el banco anuncia enormes pérdidas: 140 millones de chelines. Señalaba directamente a los malos resultados de las inversiones industriales, y a las deudas heredadas de la adquisición del otro gran banco austriaco. Y todo agravado por la retirada de fondos por parte de los inversores norteamericanos y británicos.Ante la desaparición de fondos, el banco decide acudir al Gobierno, a comunicarle su intención de anunciar la bancarrota. Tras intensas negociaciones, presenta un plan de rescate: habría una recapitalización de la entidad gracias a un préstamo conjunto superior a las pérdidas estimadas.El Creditanstalt era tan importante para la economía nacional que no se podía permitir su bancarrota. El Gobierno aportaría 100 millones, el Banco Nacional 30 millones más, y la familia Rothschild, principal accionista, otros 30 millones. El Estado también asumía las deudas de más de 700 millones que la entidad tenía con el Banco Nacional. Y aprobó una línea de crédito por valor de 150 millones más por si fuera necesario. En la práctica, era el Estado el que asumía el grueso de pérdidas, y no los accionistas.Pese a todo, el plan no inspiró confianza alguna, y se desató una retirada masiva de fondos del Creditanstalt. Su cotización en bolsa se hundió, perdiendo en un solo día un tercio de su valor bursátil. El pánico se extendió a otras inversiones extranjeras, que se retiraron rápidamente del país.Todo empeoró con la depreciación de la moneda nacional, cuando los ahorradores se lanzaron a vender sus chelines, para comprar monedas más seguras. En dos semanas, el Banco Nacional estaba pidiendo el cierre temporal de los bancos. En dos semanas, el Creditanstalt había tenido que entregar una quinta parte de sus depósitos.Austria tenía un sistema financiero preparado para servir a un imperio que ya no estaba allí. El banco era demasiado grande.Todo podía haberse resuelto un poco mejor si la colaboración internacional fuera más ágil. La negociación del Banco Nacional con sus homólogos europeos, a los que les solicitó un préstamo internacional al principio de la crisis, fue tan lenta que cuando llegaron a un acuerdo la cantidad ya era insuficiente para solucionar los problemas del sistema bancario. La cooperación era lenta, y estaba marcada por la desconfianza, con los principales gobernadores más preocupados por sus problemas domésticos que de ayudar al necesitado.Lo corto de sus miras acabó provocando que la crisis, inevitablemente, se extendiera por toda Europa primero, y después por el resto del mundo.En junio de 1931, con el sistema financiero alemán al borde del colapso, el banco central alemán recibió un préstamo de 100 millones de dólares, de los bancos centrales de Francia, Reino Unido y Estados Unidos. La suma resultó insuficiente para cubrir la demanda de divisas extranjeras de Alemania, y Francia bloqueó un crédito mayor ya que estaba preocupada por la unión aduanera de Alemania y Austria.A continuación, cayó el banco alemán Danatbank, provocando una huida de capital de Alemania. Para septiembre de ese mismo, la banca alemana, incluyendo el Commerzbank y el Deutsche Bank, pasaba a estar bajo control estatal.El contagio continuó: Reino Unido tuvo que abandonar el patrón oro después de que la huida de los inversores de la libra le costara el 20% de sus reservas. Estados Unidos tuvo que subir los tipos de interés, para defender sus propias reservas de oro, y Franklin D. Roosevelt impuso unas vacaciones bancarias y prohibió a los ciudadanos guardar oro.Lo que empezó como una crisis de liquidez se convirtió en un problema de solvencia. Había un gran riesgo de una crisis sistémica.El sostenimiento gubernamental del banco lo convirtió en su principal accionista; por otra parte, la entidad se convirtió en prácticamente el único banco inversor en las empresas austriacas. El reflotamiento del banco concluyó en 1934, pero con un gran coste para el Estado, que tuvo que destinar a ello enormes recursos que no pudo emplear en otras inversiones.Después de que la Alemania nazi tomara el control de Austria, el Creditanstalt fue objeto de ataques, por motivos tanto financieros como raciales. En 1938, los nazis lanzaron al presidente del banco, judío, de un vehículo en movimiento, aunque logró sobrevivir. Y después, pidieron compensaciones económicas a la familia Rothschild por las pérdidas sufridas por Austria cuando el banco colapso. Acabó siendo controlado por Deutsche Bank.Tras la II Guerra Mundial, el banco fue nacionalizado, y se convirtió principalmente en una entidad comercial, que tomó participaciones en importantes compañías austriacas, como Wienerberger, el mayor fabricante de ladrillos del mundo; o Steyr-Daimler-Puch, dedicada al transporte y la defensa.No fue hasta 1997 que el Estado vendió sus acciones a Bank Austria, en una operación que concluyó en 2002, y que supuso la disolución definitiva de Creditanstalt.La caída de Creditanstalt es un ejemplo de cómo una crisis bancaria puede afectar a una economía y propagarse a nivel mundial. La primera caída de un banco sistémico.
De Dallas a Tokio: la historia de 7-Eleven, la tienda que nunca cierra
Desde sus humildes comienzos, como una tienda de hielo en Dallas en 1927, 7-Eleven ha evolucionado, hasta convertirse en una cadena global de tiendas de conveniencia, con casi 70.000 establecimientos en 17 países. Su historia está marcara por la innovación y la adaptación a los cambios en el mercado, logrando mantenerse como un actor relevante en esta industria durante casi 100 años.John Jefferson Green era un trabajador de la fábrica de hielo Southland Ice Company, situada en Dallas. En 1927 acuerda con su jefe, Joe C. Thompson, que le permita poner en el taller un pequeño negocio: una tienda de proximidad en la que los empleados pudieran comprar leche, pan o huevos. La ventaja de contar con hielo a discreción es que permite conservar más y mejor los productos perecederos.Este primer local funciona tan bien que Thompson, el patrón, decide abrir establecimientos similares en las otras fábricas de la compañía. Hasta se expande por nuevas ubicaciones, todas en el área de Dallas. Con 21 tiendas en marcha, Thompson acaba haciéndose con el control de la compañía, y le cambia el nombre a la matriz, para denominarla Southland Corporation, y controlar todas las tiendas.Para garantizar que la calidad y el servicio que reciben los clientes es igual en todas las tiendas, introduce un sistema de formación para empleados. Además, dota sus trabajadores de un uniforme, que se convierte en característico, y que es uno de los primeros ejemplos en la historia de imagen unificada en la venta minorista. En cuanto a la parte comercial, en algunos de los establecimientos empieza a instalar surtidores de gasolina, como experimento.El problema para la compañía es que nace y vive su primer auge a las puertas de crack del 29, la gran depresión y una crisis económica que está a punto de llevarla a la quiebra. No solo se detienen los planes de expansión, sino que además se ve obligada a cerrar tiendas, y su área de influencia acaba reduciéndose a Dallas y Forth Worth.Sobrevive a duras penas, gracias entre otras cosas a la derogación de la Ley Seca, que les permite empezar a vender cerveza y licores, y además impulsa las ventas de hielo. También fue clave para la supervivencia en esos duros años el convertirse en el principal proveedor de hielo de Camp Hood, el campo de entrenamiento más grande del ejército de Estados Unidos. Y tras la II Guerra Mundial comienza a recuperarse.Dentro de su proceso de renovación de imagen, cambia el nombre por 7-Eleven, que hace referencia al nuevo horario de las tiendas: abre los 7 días de la semana, de 7 de la mañana a 11 de la noche.
El ocaso de Credit Suisse
Fundado hace más de 150 años, Credit Suisse no es solo uno de los bancos más antiguos del mundo, también ha llegado a estar entre los más prestigiosos, respetados y poderosos. Una entidad que ha jugado un papel clave en el desarrollo de la Suiza moderna, pero los escándalos que le han rodeado en los últimos años, que incluyen casos de espionaje, corrupción, evasión fiscal y grandes pufos, han lastrado su imagen, y junto a un montón de malas decisiones, amenazan su supervivencia.La entidad financiera fue fundada en Zurich, en 1856, por Alfred Escher, un político y empresario, que fue clave en el nacimiento y el desarrollo de la Suiza moderna. Era miembro de una antigua y prestigiosa familia, que además acumulaba una gran riqueza, gracias a los negocios de su padre.Entra muy joven en el mundo de la política, en un momento, mediados del siglo XIX, en el que Suiza está en pleno cambio de régimen, con la creación de una nueva Constitución y un nuevo sistema federal. Uno de los principales objetivos de Escher es el impulso del tren en el país helvético, que consideraba clave para la modernización, y para evitar quedar desconectados del resto de Europa. Gracias a su empeño, en la década de 1850, empieza a implantarse el ferrocarril privado en Suiza.Y es en ese contexto cuando Escher crea Credit Suisse, cuyo principal cometido en el momento de su nacimiento era financiar los proyectos nacionales ferroviarios, y así ofrecer una alternativa a los bancos franceses, que querían influir sobre el sistema ferroviario suizo. El industrial se inspiró en el banco frances Credit Mobilier, que había nacido poco antes, y que estaba muy enfocado también en proyectos ferroviarios. Pero con una política crediticia más conservadora, centrada en préstamos a corto y medio plazo. En su primer año, el 25% de los ingresos del banco procedían de la primera línea de ferrovarril suiza, que estaba siendo construida, precisamente, por otra empresa del propio Escher.Credit Suisse juega desde el principio un papel clave en el desarrollo económico suizo, ayudando al desarrollo de su sistema monetario, financiando a empresarios e invirtiendo, entre otras cosas, en la construcción del túnel de San Gotardo, una obra faraónica, que conectó a Suiza con el sistema ferroviario europeo en 1882. También financió la creación de la red eléctrica helvética, una industria tan importante como la ferroviaria. Y también apoyó económicamente el esfuerzo por deasrmar y encarcelar a las tropas francesas, situadas en la frontera suiza en la guerra franco-prusiana de 1870. Tras el conflicto, se convirtió en el banco más importante del país.Al final del siglo XIX, Credid Suisse empieza a crecer, con la apertura de una oficina en Ginebra, y con presencia internacional en Bélgica y Alemania. También lanza varias compañías de seguros, como Swiss RE, Swiss Life o Schweiz.Pero esa expansión también es la que le lleva a sufrir su primer año con resultados negativos en 1886. La culpa fue de las pérdidas en la agricultura, ya que había creado su propia fábrica de remolacha azucarera, además de comprar acciones de una empresa de animales; las inversiones de riesgo excesivamente especulativas, la evolución de las materias primas y el comercio internacional.Con el cambio de siglo, Credid Suisse inicia una reestructuración, y empieza a enfocarse en la banca minorista, como respuesta al crecimiento de la clase media, y la aparición de dos nuevos bancos que le hacen la competencia: UBS y Julius Bar. Comienza a atender a los consumidores directamente, con mostradores en los que pueden gestionar depósitos, cuentas de ahorro y el cambio de divisas. Tras la I Guerra Mundial, el banco ayuda a las empresas afectadas, y otorgó numerosos préstamos préstamos para los esfuerzos de reconstrucción. La década de los 20 fue durísima para la entidad, con los beneficios y los dividendos reducidos a la mitad, y los empleados aceptando recortes salariales.El banco, que nunca fue ajeno a las polémicas, se enfrentó a algunas de las más graves tras la II Guerra Mundial. Como tras la primera contienda, parte de su negocio se centró en los esfuerzos de reconstrucción, sobre todo en el extranjero. Pero algunos de los bancos rivales que adquirió durante esa época estaban muy vinculados con el partido Nazi, ya que eran los que usaban muchos de sus dirigentes durante la década de los 30. Además, muchos de los judios que sobrevivieron al holocausto tuvieron problemas para tratar de recuperar los bienes de los familiares que fallecieron en los campos de concentración. Tras numerosos juicios que se extendieron durante décadas, en el año 2000, el banco y su principal rival, UBS, acordaron con las víctimas un pago de 1.250 millones de euros.Otro gran escándalo para la entidad culminó en los años 70, cuando los bancos suizos se vieronn medio obligados a firmar un código de conducta, o de buenas prácticas. El acuerdo se produjo después de que una sucursal de Credit Suisse fuera descubierta canalizando ilegalmente 900 millones de dólares en depósitos italianos a inversiones especulativas.El banco inicia una oleada de adquisiciones a final del siglo, donde destaca la alianza y posterior absorción del estadounidense First Boston, enfocado en la banca corporativa y de inversión, que llegó a ser la empresa más importante de la bolsa de Londres. Compra Bank Leu, conocido como el banco más antiguo de Suiza; y Swiss Volksbank, la quinta mayor entidad del país. Se fusiona con Winterthur Group, se hace con la división de gestión de activos de Wanburg, Pincus & Co, y compra Donaldson, Lufkin & Jenrette en el año 2.000.Credit Suisse se pasa la primera parte de la década enlazando procesos de reestructuración, consolidación de nuevas entidades, y fusiones y separaciones de divisiones. Y con buenos resultados, aumentando los beneficios incluso cuando las circunstancias económicas no eran tan buenas. Pero si algo destaca en el nuevo siglo para el banco, son todos los escándalos financieros a los que se enfrenta. Casi cada año.Tiene que pagar multas en Suiza, Francia, Rusia o Argentina por blanqueo de capitales y evasión de impuestos. Se ve inmerso en una investigación internacional sobre la yakuza, y también en otra sobre la mafia búlgara. Debe pagar una multa de más de 500 millones por ayudar a Irán y otros países a ocultar transacciones. Ha sido el banco vinculado con sonoros casos de corrupción en África y Latinoamérica.En Estados Unidos los escándalos son casi constantes. El más grave, una multa que debe pagar en 2014 de más de 2.500 millones de dólares, que era la mayor fijada por entonces a una entidad financiera, por ayudar a evadir impuestos a sus más de 20.000 clientes en Norteamérica. Le acusaron, y reconoció, de crear cuentas secretas en el extranjero, ocultar información a los reguladores y no seguir ni los pasos más básicos que exige la ley, para que sus clientes más ricos no pagaran impuestos.A pesar de que superó con cierta solvencia la crisis de 2008, Credit Suisse no llega a levantar cabeza desde entonces. Mientras sortea escándalos, el valor de sus títulos en bolsa se estanca, en el mejor de los casos. Y en los últimos tres años inicia una espiral autodestructiva que le lleva al borde del abismo. En octubre de 2022 el banco está a punto de colapsar. Con la confianza de los inversores por los suelos, vive el peor año en bolsa de su historia. Los CDS de la entidad helvética, termómetro de bancarrotas para entidades financieras y Estados, se dispararon a niveles récord, por encima incluso de los alcanzados en 2008. Y el problema más grave, pese a todo, era el de la desconfianza, generada tras estar metido hasta el cuello en las quiebras más polémicas de los últimos años. También ha sido víctima de la falta de estabilidad en su cúpula, y en la ausencia de un líder capacitado para enderezar la situación. A lo que se suma un reguero de raras salidas de ejecutivos. Mención especial merece Antonio Horta-Osorio, el portugués que, como un Mourinho de la banca, fue llamado para salvar la entidad, pero acabó saliendo por la puerta de atrás, cuando intentó levantar alfombras. Aunque, oficialmente, se fue por no cumplir con la cuarentena durante la pandemia.Tras meses tratando de capear la crisis, sin mucho éxito, Credit Suisse vuelve a estar al borde del precipicio. La quiebra de Silicon Valley Bank, junto con la publicación de su informe anual, que refleja una situación peliaguda, le han llevado al límite. La pérdida de clientes es constante y pronunciada desde octubre, y además reconoce salidas de más de 80.000 millones de euros en el negocio central de gestión de patrimonio. En horas, las acciones del banco se hunden.Con el valor bursátil de la entidad cayendo a plomo, y los CDS otra vez
El fondo de superdotados que cayó en la misma trampa que Silicon Valley Bank
Los 16 miembros de la junta directiva de Long Term Capital Management tenían de media el coeficiente intelectual más alto que la directiva de cualquier compañía de Estados Unidos durante los años noventa, incluyendo a empresas como Microsoft o Apple.Los 16 miembros de la junta directiva de Long Term Capital Management sumaban entre todos casi 400 años de experiencia financiera.Las valoraciones parecen sacadas de los highlights vacíos de las crónicas de los estrenos de cine de la semana. Pero son las ocurrencias de un tal Warren Buffett sobre la quiebra del mayor hedge fund de los noventa, que llegó a reunir a Liga de Las Mentes Extraordinarias. Las declaraciones las suelta en un discurso en la Escuela de Negocios de la Universidad de Florida en 1998.Dos premios Nobel de Economía, profesores de Harvard, Stanford y el MIT. Matemáticos y un vicepresidente de la Reserva Federal. Eran como Los Vengadores de las finanzas; como el PSG coleccionando cromos, pero ganando copas de Europa. Eran como juntar en un estudio a los Beatles, los Rolling Stones y Led Zeppelin, y a ver qué salía. Eran el Dream Team de Estados Unidos, el de verdad, el de Barcelona 92. Genios. Putos genios en lo suyo, perfectamente engranados, para ser una máquina de hacer dinero. Y todos bajo la batuta John Meriwether, un inversor más conocido que Gordon Gekko, pero con flequillo rebelde.No conviene hacer coñas con John Meriwether, por mucho que el peluquero de Trump empezara a hacer prácticas con su pelo. Era el Michael Jordan de los bonos. Con una sola llamada suya, hundía la deuda de un país soberano o de cualquier empresa. Sobrevivió en aquella Hoguera de la Vanidades que fue Salomon Brothers, los tipos chungos de Wall street durante los 80 y 90. Al mercado de bonos le empezaron a llamar renta fija porque no se movían ni un pelo, sin el consentimiento de los chicos de Salomon. Llámalo chiste malo o licencia periodística, pero Salomon Brothers era el mayor capo financiero de la época y se merecen más de un podcast de historia financiera, y no solo por inspirar la novela de Tom Wolfe, o por empujar a los brazos del periodismo a Michael Lewis, en busca redención. Meriwether era el más listo de la cuadrilla de LTCM, también el que infundía más respeto, y el que más sabía de cómo se movía el dinero a lo grande en Wall Street.JM, por mucho que parezca un malo sacado de la serie Dallas o Dinastía, fue el cerebro y creador de uno de los mayores vehículos de inversión de todos los tiempos. Pero LTCM quebró. Por todo lo alto, con un castañazo de los que hacen época y pasando con capítulos especiales al libro gordo de la Historia de la Finanzas. La verdad sea dicha, antes de hundirse con todo, su nombre ya estaba grabado con letras de oro. El capital inicial, de apenas 1.000 millones de dólares, se había multiplicado por siete, y había llegado a ofrecer rentabilidades anualizadas del 40%.Pero quebró, como decíamos, y a lo grande. El golpe todavía resuena, de lo grave que fue, y estuvo a punto de arrastrar a todo el sistema financiero mundial. En 1998, se vivió un 'Momento Lehman'. En ese momento nadie sabía lo que era eso, pero estuvieron al borde de la extinción económica, como pasó 10 años después con Lehman Brothers, al convertirse en el sumidero por donde se podía ir al garate la economía mundial. De hecho, por aquel entonces, la entidad financiera estaba dando los primeros pasos en el negocio de empaquetar hipotecas.La Reserva Federal de Alan Greenspan, el tipo de la exuberancia irracional de los mercados, y el banquero central con más hora de vuelo a los mandos de la nave de la política monetaria, tuvo que intervenir en plan bombero, orquestando una inyección de 3.500 millones de dólares, para liquidar el fondo de manera organizada. Una limosna, comoparado con los 700.000 millones movilizados por Estados Unidos en el macro rescate bancario de 2008, pero eran otros tiempos y a Greenspan se le puede criticar muchas cosas, pero, en esta ocasión, logró que el contribuyente no pusiera ni medio dólar y que la loca fiesta de las bolsas continuara hasta la siguiente crisis.